Deja que te cuente...

Entre el alma y la palabra, el silencio se hace verso.

viernes, 1 de abril de 2016

Monica Ivulich, ha tenido la generosidad de publicar un artículo sobre mi poesía en su revista Guka y su blog Creación y talentos.
Mirad qué maravilla!!!!!
Muchas gracias Mónica, eres un encanto.

Anna Benitez del Canto, vive en la poesía y en tiene domicilio en Barcelona.

Participé en el recital internacional “100 mil poetas por el cambio” del 2015. Sus organizadoras Anna y Yolanda son dos escritoras dinámicas, entusiastas, que dieron al evento un matiz amistoso, informal y, al mismo tiempo, muy organizado.
Conversamos de proyectos futuros con Anna y su reacción fue: - “lo hablamos con más tiempo, desde ya, me anoto hasta en un bombardeo”. Esta nota es lo primero que haremos juntas, pero no lo último. Al menos, así es mi intención.
Esa noche Anna, como todos los que estábamos para colaborar, leyó sus escritos, unos preciosos aforismos poéticos. Me di cuenta, a medida que los escuchaba, que caían sobre mi ánimo como una lluvia fresca en verano o sonaban como una campanilla en mi bosque de sentimientos, dejando entrar la luz…
Hace poco leí y disfruté “En DOS VERSOS”. Anna toma cada línea, cada palabra muy en serio, le infunde su vivencia y, sea cual fuere, siempre es
comprometida, profunda, concentrada luego, en una pirueta literaria, nos marca a fuego señalando nuestra propia emoción. Es una suerte que dosifique sus flechas poéticas: 

“No importa lo que creas y no importa lo que piense,
es de noche y nos quedamos sin estrellas.

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La mayor distancia entre dos personas
es el silencio.

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Entre el alma y la palabra no hay testigos,
ni siquiera la razón que los sustenta.

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Los cajones del tiempo
se desbordan de momentos caducados.

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El eco
no devuelve caricias.

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Vacío cajones.
Busco espacio para días nuevos.

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En mi vieja libreta se acabó el cuento.
El príncipe volvió a croar.”

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Hoy terminé “Borrando huellas” con poesías acertadas, honestas, donde su alma brilla con esplendor, donde la espera, la desazón, la tristeza y la pasión, entre otras, arruga las páginas de un pequeño gran libro.
No saldremos incólumes después de leer lo que Anna Benítez del Canto nos tiene reservado, lo advierto.

Pero ahorro palabras porque los prólogos de sus libros son bien explícitos. Aquí les dejo un ejemplo de esta escritura original y sutil.

Horas
                     disfrazadas de días,
esperan nada
                           que las convierta en todo.

Anna dice que no le gusta hablar de sí misma, ante mi insistencia nos cuenta lo siguiente:

“Empecé a escribir de niña, lo que más me gustaba del cole era leer y hacer redacciones. Sobre los ocho años, contaba cuentos a mis hermanas pequeñas cada noche, pero con el tiempo, los sabían todos. Se me ocurrió versionarlos y sin darme cuenta, empecé a crear mis propios cuentos. Sobre los nueve años, empecé a escribirlos para no olvidarme. Con doce años, me regalaron una máquina de escribir; al usarla, soñaba que sería escritora y publicarían mis pequeñas historias. Me imaginaba en una casa en un acantilado, escribiendo frente al mar. Es curioso, aún recuerdo el lugar como si hubiese vivido allí. Esas cosas de la infancia que dejan huella.
A medida que crecía, las historias cambiaban; impresiones sociales, vivencias, anhelos, tan personales, que dejé de compartirlo. No he dejado de escribir en todos estos años, a temporadas mucho, otras en menor medida y siempre en función de lo que me permitía el tiempo y el entorno.
Intenté escribir mi primera novela a los dieciséis, no logré terminarla. Los estudios, las hormonas y el jaleo normal de una familia numerosa, además de las muchas ideas que pasaban por mi mente y cazaba para no perder. Entonces todo tenía su importancia, al leerlo con los años, era insignificante, aunque no todo.
Seguí con los relatos de varios tamaños, temas y estilos. Nunca los leyó nadie. Con veintiséis años, escribí mi primera novela completa. Era policíaca, es un género que me apasiona y del que he leído siempre mucho. Con treinta y nueve escribí la segunda, en la misma línea. En esos años, volví a escribir cuentos para mis hijos, más elaborados y extensos. Algunos fantásticos, otros no, pero todos iban destinados a enseñar algo a mis pequeños.
Reuní tanto material, que no podría ni aproximar una cifra.
En el 2003, un incendio en casa, lo destruyó todo; solo he reescrito una mínima parte hasta ahora.”

                                                         Anna
 
Algunos de los 100 Mil poetas
BIOGRAFIA CORTA de
                     ANNA BENÍTEZ DEL CANTO

Escritora colegiada en la ACEC y miembro de la Asociación literaria El Laberinto de Ariadna.
Aunque por el momento todas sus publicaciones son poéticas, ha escrito cuento infantil, relato y novela.
En 2012 escribió la obra teatral “Lágrimas en la arena”, que fue puesta en escena y representada por la propia Anna Benítez entre junio y diciembre del mismo año.
Organizadora y presentadora de ciclos literarios tales como: Badasia, el recital internacional 100 mil poetas por el cambio, el recital benéfico internacional Verso ¿qué traes? Esperanza, así como eventos puntuales en diferentes lugares.
Como poeta y rapsoda, participa en recitales sociales, benéficos y artísticos.
Sus libros publicados son: Desnudando sentimientos (2011), Once horas en mi piel (2012) y Borrando huellas (2013), también en formato audiolibro.
Sus poemas están en antologías de El Laberinto de Ariadna, Poesía en acción, Vilapoética y Amanecer literario.
Su lugar en la red es: http//annamilos.blogspot.com.es/
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De “La palabra es mágica” 
blog de Ricardo Fernández Esteban, 
extraigo:
Tengo la suerte de tener un pequeño poemario artesano Once horas en mi piel que escribió, editó, imprimió y encuadernó Anna para el día de Sant Jordi de 2013. Os copio uno de sus poemas:



La mano que apretaba
no era fuerte,
era dura
y acariciando mi piel
me rompió el alma.

Anna Benítez del Canto
9/4/13 14:01
Publicado por Ricardo Fernández
                        

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PRÓLOGOS:
EN DOS VERSOS, TODO UN MUNDO
Anna Benítez escribe como respira (inspiración, espiración), porque de no hacerlo, le iría la vida, ya que es un proceso biológico imprescindible. Y como la respiración, la poesía le surge de una forma natural y espontánea, porque sabe ver, oler y sentir cosas que los demás mortales no perciben.
Anna nunca fuerza sus composiciones, que rebullen en sus entrañas y ella, amorosa, va sacando y componiendo poemas en sus cuartillas, también, como latidos: sístole, diástole; otro proceso vital... Y esos latidos, sintonizan con los latidos de más corazones como el suyo, que se van acoplando de una forma sencilla y auténtica, porque Anna es así: auténtica y sencilla. Por este motivo es tan fácil quererla.
Además, está alejada de la de poesía pretenciosa que todo lo basa en la forma. Esa poesía, tan de moda hoy, que ocupa los anaqueles, las editoriales y los premios; son heptasílabos, endecasílabos..., poemas blancos que no dicen nada, son precisos, pero pocas veces preciosos. Y que, un día, se los llevará la historia, como el viento de este otoño se lleva las hojas caducas de los árboles de nuestros parques enamorados.
Porque estos academicistas olvidan con demasiada frecuencia, que escribir es encontrarnos con nosotros mismos. Con nuestras dudas, con nuestros miedos, con el dolor... Así ocurre que un día te levantas y descubres que hay mañanas con colores distintos, que te conmueve un amor o un desamor que se fue con el tiempo, que hay sueños que te hacen llevadera la vida. Entonces lo entiendes, porque ha llegado la poesía para quedarse contigo. Como le llegó a Anna sin buscarla, porque la poesía, tan suya, llega a quien ella elije. Jamás hay que salir al camino a esperarla.
Personas así, poetas o poetisas, señalan el rumbo y nos nutren de emociones. Ella lo dice sin artificio: “Calla la voz / y aúlla el alma”. En dos versos, todo un mundo.
Felipe Sérvulo
Castelldefels, noviembre de 2014


                          Prólogo y unas palabras previas.

Antes de compartir con los lectores las impresiones que me ha causado la lectura de Borrando huellas, he creído necesario hacer un comentario previo sobre la evolución poética de su autora, Anna Benítez del Canto. Y ello porque cuando alguien se inicia en el camino de una actividad creativa, artística o literaria, los primeros pasos que da en esa dirección ya  suelen darnos ciertas pistas acerca de su posterior desarrollo. Sin embargo, toda especulación en ese sentido es aventurada, pues la ruta para encontrar un estilo propio - en el caso que nos ocupa, una voz – aparece normalmente llena de obstáculos de todo tipo. Vemos así cómo promesas que en un tiempo nos parecieron firmes acaban por desvanecerse, a veces incluso después de un breve fulgor, y cómo otras que empezaron vacilantes nos sorprenden con una obra llena de frescura y madurez. Cuando afirmamos que un hecho nos sorprende es, o porque no creíamos que llegara a suceder, o porque no esperáramos que lo hiciera en ese momento. Esto último le ha acontecido al prologuista con el libro que el lector tiene en sus manos y esa es la razón que merece estas reflexiones
Los primeros poemas de Anna Benítez que cayeron en mis manos, allá por el 2010, eran composiciones formalmente ligadas a la métrica y la rima clásicas, sobre todo al soneto y expresaban una temática mayoritariamente de carácter amatorio. Nada de ello es de extrañar, de hecho podemos encontrar estas características casi tópicas en todos aquellos que empiezan a escribir poesía en la adolescencia o primera juventud y andan por el mundo con la cabeza llena de poemas clásicos y el corazón rebosante de desamores prestos a ser exorcizados. Pero ocurre que Anna Benítez es una poeta tardía, que llega a ella tras un trayecto vital rico y extenso, lejos de una primera juventud. Uno podría pensar que por biografía le hubiera correspondido abordar una  variedad de temas y formas más rica, o que lo hiciera desde puntos de vista poéticos más elaborados. Sin embargo, si la primera condición para que un poema se tenga  en pié – condición necesaria pero no suficiente - es la autenticidad, nuestra
autora no podía empezar de otra manera, porque eso era lo que le hervía por dentro y lo que necesitaba expresar, tal vez porque no lo había hecho antes.
Decimos que el poeta suele iniciarse de esa manera, pero luego debe evolucionar hacia formas y temáticas que abandonen poco a poco la mera expansión sentimental, el lamento o la exaltación de la propia circunstancia, para llegar a convertirse en una voz que hable por todos nosotros. Dar, en definitiva, el paso de lo particular a lo universal. Si así lo hace, ese tiempo, esos años primeros adquieren valor de aprendizaje, de boceto de lo que será más adelante cuando en plena posesión de los recursos del idioma y de la técnica, pueda usarlos para traer a la luz una imagen de lo inefable y lo haga de manera que nuestra alma se identifique y vibre con ella.
Por tanto, esas primeras aproximaciones del versificador no nos dicen mucho sobre lo que vendrá después; salvo que estemos en presencia de un genio como fue Rimbaud y otros pocos como él, se necesita una maduración personal y literaria de años para decantarse hacia la verdadera alta poesía. O no. Lo más corriente, lo que dice mi experiencia, es que en la mayoría de los casos en un cierto punto del trayecto el movimiento se detiene, se estanca y no progresa más. ¿Cansancio, desistimiento, falta de talento o de auto exigencia? Éstas y muchas otras causas pueden aducirse para explicarlo, pero me gustará centrarme en la última de las que he mencionado: la auto exigencia.
Permitid que en este punto retome mi juicio sobre las composiciones que Anna Benítez me mostró no hace aún tres años: los sonetos eran formalmente perfectos, redondos, y los textos, bien construidos, se hacían leer con agrado. Resultaban sonoros al recitarlos en voz alta, tenían incluso cierto sentido dramático, teatral. Se notaba que bebían de buenas fuentes clásicas. Por el contrario, como ya he dicho, adolecían de variedad temática y resultaban excesivamente narrativos. La causa de esto último sin duda tiene su razón de ser; Anna Benítez es una consumada narradora y hasta hubiera sido extraño que en su reciente pasión por los versos, estos no se vieran “contaminados” por una destreza preexistente, que se filtraba por todos los poros de su obra. Si a ello le sumamos que sus primeras colecciones de poemas tuvieron un notable éxito entre un cierto colectivo de lectores, la tentación de permanecer en una zona de confort, de continuar haciendo aquello que se domina y es aplaudido, podía ser grande.

Aquí es donde entra en juego la auto exigencia; si uno se detiene en este lugar, lo primero que cabe es poner en duda cuáles son sus verdaderos propósitos al escribir poesía: ¿ dar el testimonio de la profunda verdad personal, “con dignidad y belleza” como dijo hace poco Leonard Cohen, o simplemente quedarse en el juego verbal estético? La respuesta la encontraremos en el siguiente movimiento del autor, en el nuevo paso que deja atrás lo ya dicho y se adentra en territorios no explorados, pero verdaderamente suyos, aún a riesgo de defraudar a aquellos que se sentían cómodos leyéndole, o no.
Y lo que observamos es que los textos poéticos de Anna Benítez fueron evolucionando en la dirección de una mayor profundidad conceptual, al mismo tiempo que rompía con las formas métricas anteriores y se instalaba en el verso libre, sin perder por ello el sentido del ritmo, bien instalado en su estilo después de haber dominado perfectamente aquéllas. Así, ha sido capaz de brindarnos éste libro que tengo, ahora sí, el honor de prologar:
                           
Borrando huellas.

El libro, dividido en tres capítulos, se inicia con el titulado “Descalza”. A través de los nueve poemas que componen esa parte, Anna Benítez se nos muestra cruzando el territorio de la pérdida. Con una sencillez aturdidora, en el primer poema fija sus terribles dimensiones; nada lo presagiaba, todo seguía aparentemente tranquilo, en su sitio:
Cuando se fue  
                   la niebla dormía en las ventanas.

Asumido el desastre, la autora ahonda en su magnitud y nos deja este terrible poema sobre la invisibilidad del otro que llega con el desamor:

Su mirada me atravesó                    
                                para ver detrás de mí.

Muestra su desvalimiento, al tiempo que sale en busca de una esperanza:
   ………………………………………..
          Vivo colgada de la saeta,
para alcanzar el minuto sesenta y uno
                        y encontrarla.

Poco a poco, la conciencia de este nuevo orden se ha hecho más diáfana, más clara y en el espíritu de la poeta se abre paso un propósito de renacimiento, de la búsqueda de una nueva guía:

He muerto por un tiempo
pero regresaré
                      con un candil en la mano.
      ………………………………….

Ese propósito, sin embargo queda teñido de irreversible desconfianza, de una desazón por lo que se ha entregado con toda inocencia y ha sido malversado:
      ………………………………………………
Hace tanto frío,
que no volveré desnuda.

“Escarbo” es el título de la segunda parte o capítulo del libro. El golpe imprevisto, la pérdida, ya han sido asimilados. La poeta se encuentra  sumida ahora en una incesante búsqueda interior que se vierte en varias direcciones; en una, palpa en la penumbra los contornos exteriores del nuevo lugar en el que le ha situado la vida:
        
Con frío,
                              Sin luz
                                        ni voz, ni esperanza.
                              ¿Dónde estoy?

         Y constata que ni siquiera puede llamar la atención del desconocido que cruce por él, puesto que, como nos recuerda en esta brillante metáfora de la incomunicación:
                  
                    No encuentro mi voz;
se quedaría en el teléfono
                                         hace unas noches.
        
         En otra dirección, registra sus pertenencias, hace inventario de las cartas que le quedan para poder jugar otra mano en el tapete de ese mundo disminuido por el que transita:

                            Llegó septiembre,
rebusco entre la ropa una chaqueta.
………………………………………..

         Y encuentra, como una irónica perla, un miedo que exhibe su victoria total al poseer su espíritu:

                            vanidoso
                                          llegó el miedo,
                            con mi alma en sus mano
                                                contando cicatrices     

         El miedo pues, ese miedo enraizado, podría ser el poso definitivo, el resumen o la conclusión de la búsqueda por la que nos conduce Anna Benítez a través de los diez poemas que componen el capítulo. Si así fuera, la rendición y la inmovilidad serían el corolario del proceso y ya no habría razón para seguir caminando y por tanto, contando.
        
         Sin embargo el libro no se detiene aquí, al contrario; en ese punto, tal vez el más bajo, perdido y remoto de su ánimo, la autora reemprende la vida. Y no lo hace con el paso decidido de quien camina por una ancha y llana carretera. No, para ir hacia adelante, Anna Benítez decide filtrarse por las rendijas, por los pequeños rincones que siempre quedan entre las piedras y el lodo después de los derrumbes. Se desliza por las “Oquedades”

         “Oquedades” es el título de la tercera y definitiva parte de “Borrando huellas”. Una parte que se nos antoja la más importante, pues en ella se resuelve el sentido del poemario. Partiendo de algún poema que nos recuerda el efecto de los impactos recibidos:

                   He trepado
           por un muro de mentiras,
                  dejándome las botas  en la piedra.

         La poeta pasa enseguida a revelarnos el secreto de su renacimiento, que parte del reconocimiento del valor de aquello que ha perdido, pero por ello mismo, vivido:
                   Nada velará la luz
                  de los momentos compartidos
                   ……………………………………..

Y es que para licuarse y moverse así por entre los intersticios de las piedras, Anna Benítez no se olvida del dolor, pero ya sí de los reproches y los porqués y decide atender a lo esencial y se diría que casi abandonar el mundo de lo material, por impenetrable. Por ello, en los quince poemas que integran esta última parte, la más extensa del libro – tal vez como cuantitativa demostración de la importancia que le concede Anna Benítez – abundan las referencias a la levedad vivencial de la poeta:

                   El vació me posee
                               y sólo soy el humo
                           que desprende el cigarrillo.

         Pero al mismo tiempo retrata el sentimiento de que tal vez sea esa misma levedad asumida y querida la que le permitirá llegar a otro estadio superior:
                  
                               Horas
disfrazadas de días,
                    esperan nada
                                      que las convierta
         en todo.

         Ha renacido la esperanza, una que no se prende de un espejismo, que no es mera voluntad surgida del reconocimiento de la verdad sucedida,  una que ha precisado que la poeta se desprendiese del resentimiento y sopesara el verdadero valor de lo perdido. Ahora, el día que vendrá será poseído plenamente, puesto que la poeta se ha enriquecido con el dolor a lo largo del  camino.

         Como una advertencia al resto de caminantes, nos deja en los últimos versos una advertencia del peligro corrido en este peregrinaje:

                   Borrando huellas
                                           me perdí en el tiempo.

        
         Así termina este libro de Anna Benítez, inesperado por temprano – apenas dos años y medio después de su primer poema. Un libro quizás preludio de otros que uno espera continúen en la misma senda y que ha sido confeccionado como pedía el maestro, con dignidad y belleza.
                                                                                 Josep Anton Soldevila.
                                                                                 Septiembre 2013.